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Mis ataques de pánico esconden el miedo a la incertidumbre

diciembre 6, 2014

Mis ataques de pánico esconden el miedo a la incertidumbre

 

Mundos íntimos. Una fuerza invisible que ahoga. Así describe la autora el inicio de este trastorno de ansiedad que se suele confundir con un problema cardíaco. Con tratamiento, ha logrado reducirlo sensiblemente pero puede volver cuando menos lo espera.

Similitud. La mirada de Sawara, el gato de Ana, refleja sorpresa. También ella la tuvo cuando comenzó con síntomas que no llegaba a entender. (Lucía Merle)

Similitud. La mirada de Sawara, el gato de Ana, refleja sorpresa. También ella la tuvo cuando comenzó con síntomas que no llegaba a entender. (Lucía Merle)

Dicen que justo antes de que se desencadene un terremoto, los árboles se tensan y se estiran, como si la savia que los recorre fuese, de pronto, cemento endurecido. Mi cuerpo me dice que es cierto, que eso pasa, aunque nunca haya podido comprobarlo en las plantas. Lo sé porque he tenido mis propios terremotos privados, y se llaman ataques de pánico.

El primer aviso de que el pánico está por atacarme es parecido a la quietud de esos árboles: un brevísimo estado de ingravidez y suspensión, en el que todo a mi alrededor se reacomoda como si estuviese por presenciar algo muy importante y muy inminente. El segundo aviso es el brillo que adquiere el entorno: los muebles, las personas, las lámparas, las plantas parecen lijadas, pulidas, bruñidas y pasadas por un conversor a súper HD.

Después ya no hay más avisos: el eje que coordina mi mundo se desvía y llega el desastre: mi corazón ya no es mi corazón, sino una granada que late a todo volumen y a la que acaban de quitarle el seguro. Mis manos son las de un fantasma: no las siento, me hormiguean, me son ajenas. Una fuerza invisible aprieta mi garganta: respiro hasta el fondo para abarcar todo el oxígeno del mundo, pero se queda atorado a medio camino. No entiendo lo que nadie dice porque las voces acoplan, se enciman; me mareo, siento frío, y tengo la certeza absoluta de que me voy a morir o peor, de que ya nunca más podré salir de ese estado de terror.

La última vez que pasé por algo así fue hace unos meses, mientras miraba un capítulo crucial y enteramente bélico de Game of Thrones. Me dije: el capítulo está tan bien hecho y yo tan comprometida con la causa de los buenos y los justos que la adrenalina me ha tomado a mí también. Tengo botas de piel, un arma, un objetivo y peleo por mi vida. Eso quiero creer, pero lo cierto es que nadie me amenaza ni me persigue a espadazos: estoy en un departamento de Núñez ante un televisor y un campari que se entibia.

Pido que pongan pausa. “¿Qué tenés?”, me preguntan. “Pánico”, contesto. “Son actores”, me aclaran. “¡¿NO ME DIGAN?!”, ladro. “Mejor seguimos otro día”, me proponen. “No, ya pasa, dé-jenme un rato”.

Me incorporo, respiro, me estiro y pienso. Lo que acontece en mi cabeza es una verdadera batalla de ideas: una me dice que esto es un ataque de pánico, que los síntomas físicos son exactamente los mismos de otros pánicos que me llevaron a mil guardias, a mil médicos, a terapia y, finalmente, a publicar un libro entero sobre el tema. La voz repasa uno a uno esos síntomas: el corazón desquiciado, la insensibilidad en las manos, la opresión en la garganta que me impide respirar con normalidad y ni hablar de darle un trago al campari.

También repasa mis síntomas existenciales: el miedo a morir, el furioso horror vacui, la idea pavorosa de quedar en ese estado para siempre, y la impotencia de saber que nadie que no haya pasado por lo mismo puede entenderme. Esa voz es racional y me habla con mucha paciencia: “a ver, respirá despacio, muy bien, ya va a pasar, si te asustás es peor, tranquila, es solo un ataque de pánico”.

La segunda voz, en cambio, se parece a la de un locutor radial de fútbol: es hiperactiva, escupe al hablar, e intenta por todos los medios callar a la voz sosegada. Dice: “no es un ataque de pánico, ¿por qué va a darte uno ahora si hace tanto que no te pasa? ¿Eh? Te estás infartando, así que rajá a una guardia o te morís, ¿me escuchás? Te morís. O es un ACV, o una embolia, a la guardia, ya”. La lucha dura poco y gana la voz sosegada. Me lavo la cara, digo que estoy bien y volvemos a ver Game of Thrones.

Pero no estoy tan bien. ¿Por qué tuve un ataque de pánico si yo creía haber cerrado el tema para siempre? Resulta que para siempre es un tiempo muy largo. Y, finalmente, pasar de tener un ataque día por medio a tener uno cada cinco años, debería alegrarme y tendría que sentirme orgullosa de haber podido controlarlo sin salir disparada a una sala de emergencias. Después de todo, cuando terminé la terapia que me ayudó a sacar al pánico de mi vida cotidiana, nadie me dio un certificado que dijera: “Garantizamos que esta persona no va a atravesar ese momento de mierda nunca más en la vida”.

La verdad es que me encantaría tener ese certificado. Porque en mi experiencia, creo que el disparador del pánico ha sido siempre mi intolerancia a la
incertidumbre. Le pido garantías a un mundo que no las da; que de hecho las da cada vez menos.

Mi primer ataque de pánico fue en abril de 2007 y no debió haberme tomado por sorpresa. Los meses previos me había convertido en “un imán que atrae toda la ansiedad”, como dice la canción de Cerati. La ansiedad es, brevemente, un mecanismo de defensa ante situaciones percibidas como amenazantes, que involucra un complejo entramado de glándulas, hormonas y neuronas y es antiguo como la vida misma. Sin ansiedad, no habríamos sobrevivido como especie, porque gracias a ella el cuerpo se pone en una suerte de estado automático que nos permite identificar los peligros y en consecuencia luchar, escapar, evitarlos.

Todos necesitamos una porción decente de ansiedad si queremos ser humanos equilibrados, y una porción importante de ansiedad si nos enfrentamos a un peligro real.

En mi caso, los peligros a los que me enfrentaba eran imaginarios en un 95 por ciento. La ansiedad se transformó en un terrorista que iba conmigo y que me convenció de que algo andaba muy mal con mi salud. Tenía infinidad de síntomas físicos difíciles de describir; un malestar constante que no podía localizar porque a la vez me dolía todo y no me dolía nada y además me amargaba mucho y cosas que antes no me abrumaban comenzaron a abrumarme, como los bocinazos, las muchedumbres, el subte y los supermercados.

Esa fue la época de mi olimpíada médica. Vi a todos los especialistas posibles: traumatólogo (por el dolor de espalda), oculista (tal vez me dolía la cabeza porque necesitaba anteojos), clínico (análisis completos), otro clínico (no confié en el clínico anterior), alergista (tenía una rinitis insoportable que apareció de repente), cardiólogo (nada más hermoso que ver un electrocardiograma en el que todo está bien), otro cardiólogo (no confié en el cardiólogo anterior). Como la medicina alopática no hacía nada por mí, fui a un osteópata (del que huí cuando me dijo que “debía” llorar durante la sesión), y finalmente a un homeópata, que está en mi top 5 de personas non gratas, por lo caro de su tratamiento y, especialmente, por lo inútil.

Y así vivía yo hasta que el pánico estalló mientras cubría la Feria del Libro de Buenos Aires para este diario. No casualmente durante la noche gratis, en la que entran a La Rural hordas interminables de enardecidos. No solo fue un infierno, sino las puertas del infierno, porque a partir de entonces tuve ataques de pánico una, dos, tres veces por semana. A veces malos, a veces muy malos. Y cuando no los tenía, no podía dejar de pensar en ellos. La constante de mis ataques era estar convencida del infarto inminente, o de condiciones sobre las que no existe registro alguno en la historia de la medicina, en las que algo iba a explotar en mi pecho (como en la película Alien) o en mi cerebro (como en la película Scanners).

Tuve mucha suerte porque dos meses después me recomendaron un psiquiatra; lo primero que me dijo fue que también tenía ataques de pánico. Tal vez fue una mentira piadosa, pero lagrimeé de alivio: no estaba sola, ni loca, ni tan enferma. Me hizo unos tests, me dio un ansiolítico “para pasar el vendaval”, y me recomendó una psicóloga cognitiva. Volví a casa con una caja de clonazepam y a la media hora de haber tomado un comprimido, el terrorista se fue. Parecía un acto de magia. ¿Dónde está, dónde se escondió? Si a esto lo arregla una pastilla, ¿la ansiedad es pura química? ¿Una insurrección neuronal?

Pero el pánico no se arregla con pastillas. Se arregla con esfuerzo. Lo primero que logró mi psicóloga fue que le perdiera el miedo a los síntomas, es decir, que entendiera que un ataque de pánico no mata; que es un estado de alerta para el que el cuerpo está preparado. Lo que lo hace tan insufrible es que durante esos trances no hay nada frente a uno que amenace la supervivencia, pero el cuerpo reacciona como si así fuese, y al no tener contra quién luchar ni a qué atribuirlo, uno se queda enredado en el terror. Aunque estuve con esa terapeuta más de dos años (y la adoraré para siempre), a los seis meses de empezar las sesiones el pánico desapareció. Había recuperado mi vida. No una vida completamente libre de ansiedades, pero había vuelto a ser solo mía; no de aquel terrorista.

¿Por qué tuve –y a veces tengo– pánico? Nunca lo voy a saber del todo. Cada escuela psicológica tiene su interpretación; también hay razones neurológicas y hereditarias (por caso, mi abuelo tuvo pánico), y yo podría hacer mil especulaciones. La conclusión es que estas crisis son “multicausales” y que no reconocen sexo ni extracción social. Por eso suele enojarme que el asunto se mediatice cuando a algún famoso le pasa. Me exaspera que esa difusión atolondrada y enfocada en “la celebridad” lleve a pensar que el pánico es cosa de “gente de la tele”, o de gente con muy buen pasar, o con tiempo libre, o de pusilánimes. El pánico vendría a ser, en esos términos, una condición frívola. Ese discurso asume también que los pobres tienen problemas más urgentes, y por eso nunca pasan por cosas así. No es cierto, pero como sociedad resulta tranquilizador concebir a los pobres como sub-hombres ocupados en su supervivencia, y a la psicología como un bien suntuario y burgués que ellos no necesitan.

Circula en Facebook un meme bastante mal diseñado con el que me identifiqué. Dice: “el depresivo vive en el pasado, el ansioso en el futuro”. Soy una especialista en el futuro, pero no en cualquier futuro: tengo un talento enorme para las distopías; mi imaginación derrocha creatividad para armar los peores escenarios. George Orwell me envidiaría si no fuera porque él es un clásico de la literatura y yo sólo una ansiosa a la que avergüenzan bastante sus conjeturas apocalípticas. Cada día, con mayor o menor éxito, trabajo para que esto deje de ser así; para aplacar de a poco mi intolerancia a la incertidumbre. Hacerlo sin llevar al terrorista del pánico a todas partes es, para mí, algo parecido a un triunfo.

* Ana Prieto

Una vida itinerante signó a esta periodista y escritora. Nació en Mendoza, vivió en varios países de América Latina y luego retornó a su ciudad donde estudió Comunicación. Desde 2005 reside en Buenos Aires. Especializada en coberturas culturales, una tarde sintió algo amenazante: era su primer ataque de pánico. Esos momentos difíciles la impulsaron a investigar las causas, a buscar testimonios y a publicar el libro “Pánico. Diez minutos con la muerte”.
Ahora, cuando tiene ratos libres, ve películas de Woody Allen o relee algún libro de David Foster Wallace.

 

Fuente: http://www.clarin.com/sociedad/ataques-panico-esconden-miedo-incertidumbre_0_1261074349.html

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